C desnuda - Ensayo Sadeano I - Especiales



Queridos amigos y cómplices:


Un gusto enorme compartir con ustedes un texto tan interesante y vivo como: El Ensayo Sadeano escrito por mi querida @Hermanita_ y en este primer capitulo contamos con la lectura de @tzinacan querido amigo y podcaster.

Esta es la primera de seis partes.

Escuchen, cuestionen, discutan, compartan:


I



El personaje sadeano no puede obtener la adhesión del interlocutor con argumentos sino con la complicidad. La complicidad es lo contrario de la persuasión según el entendimiento universal. Aquellos que se saben cómplices en la aberración no necesitan ningún argumento para comprenderse.



Pierre Klossowski, Sade mi prójimo.

Este ensayo quiere pensar algunos conceptos/aspectos que encuentro en la obra de Pierre Klossowski. Para ello he tomado prestadas algunas citas de varios ensayos de este autor francés. Aunque, antes de desarrollar las partes (palabras-frases) que (me) indican una propuesta de pensamiento que está absolutamente en contra de todas las leyes humanas y divinas, ya ni se piense contra las de la naturaleza, comenzaré realizando un breve comentario crítico acerca de la concepción misma del término “sadeano” y sus derivados, que son utilizado(s) en tan variado espectro de niveles de interpretación semántica que más vale no caer en falsos supuestos al ponerlo en juego.



Cuando hablo aquí de un personaje “sadeano” me refiero a los personajes de la obra literaria de Sade y no hablo para nada del personaje “sádico”, tan usado y explotado en forma policíaca por la psiquiatría e, incluso, en espacios más amplios de la sociocultura, también por el psicoanálisis canónico y la nota roja o amarillista. De ahí que pueda prestarse a confusión la casi imperceptible diferencia (est)ética que hay entre ambos términos, por lo cual aclaro de nuevo que aquí hablaré de un personaje sadeano-artístico, más que de un personaje sádico-terapéutico. Aquí hablo de arte y no de psicosis, hago ciencia de la comunicación en la interpretación del arte, hermenéutica radical del acontecimiento estético.



El personaje sádico es, más bien, la denominación usual con que se etiqueta clínica o policiacamente la conducta in-usual o a-normal de ciertos sujetos sociales, que, en la gran mayoría de los casos, no tienen nada que ver con la que aquí yo denomino conducta sadeana, lo que sí me preocupa pensar, algo por completo diferente -- a no ser que se relacionen entre sí en esa inestable superficialidad psicosemiótica de ejercer ambos personajes la violencia o cierta violencia contra los otros, en el acto de hacer daño a otra persona. Aunque, entonces, el personaje sadeano en realidad no ejerce de verdad tal violencia, puesto que la transforma o sublima en forma estética, incluso en medio del más misterioso acto sadomasoquista, ya que todo ocurre efectivamente por programa y acuerdo manifiesto.



A diferencia del personaje sádico, en el personaje sadeano la transgresión reside en el hecho de sí tener plena conciencia y voluntad de hacer lo que hace, pues su transgresión reside precisamente en el hecho de planear, de imaginar, de anticipar, de preparar con argumentos las condiciones necesarias para que ocurra su deseo transgresivo y perverso. Planear el goce por adelantado, verbalizándolo, convirtiéndolo programa de actos de habla, a través de fantasías y adelantos parciales, fantasmas y simulacros, anticipos fragmentarios, escenificados ritualmente, teatralmente. Como ocurre en los escritos literarios del Marqués de Sade en tanto que escritura misma, muy especialmente, para nuestro caso, en La filosofía del tocador.



El personaje sadeano es, en esencia, un ser pensante que ocupa la razón en pensar lo prohibido, porque trata de pensar eso que se trata de no pensar en sociedad, por ello se manifiesta abiertamente en contra de lo establecido, y por eso se le califica también como libertino. Lleva su libertad más allá de lo establecido como normal por el orden simbólico. Se permite situaciones donde el exceso y las irregularidades ocurren únicamente por un trabajo de reflexión muy intensa acerca de lo que es lo establecido (“vicios privados, virtudes públicas”), quién lo establece y por qué. Entonces, el personaje de que aquí hablamos es del personaje sadeano y no del sádico (ya que este último es meramente impulsivo y muy poco reflexivo a la hora de transgredir la norma, de modo que la reproduce sin darse cuenta). Aquí hablamos de lo que significa programar el goce de la transgresión del orden establecido, lo que significa deshacer el orden de la represión patriarcal autoritaria; aunque también vale la pena notar que ambos personajes tienen en común justamente el hecho de ser perversos, esto es, de designar una actividad de transgresión en contra de lo establecido como lo permitido o normal socialmente acordado.



También el personaje sadeano al que aquí me refiero es, como he dicho más arriba, el libertino, ese ser que se toma tan en serio la libertad que a todas luces es un personaje que transgrede la libertad burguesa del otro, pues, para el libertino, la libertad no tiene límites ni se rige como un enunciado que se emplea para proteger la propiedad privada; me refiero a casos como el de la tan sobada frase: “tu libertad termina donde comienza la libertad del otro”. Porque, para el libertino, la libertad comienza justamente donde comienza la libertad del otro, que se vuelve su cómplice, es decir, le cede su espacio de libertad y (¡ay sorpresa!) así tenemos que la libertad realmente no tiene límites, ni se puede restringir. Si la libertad de veras es, entonces tiene que ser ampliada, extendida a los otros, comunicada, pues eso de que existe una libertad distinta para cada quien y de acuerdo a sus supuestas características esenciales más bien me parece que es un espejismo del individualismo posesivo, una ilusión, nada que tenga que ver con la realidad.



Entonces, para el libertino, la libertad es primero que nada comunicación, siempre comunicación, permanente transgresión de límites. Pues demuestra que es posible y deseable lo otro, el más allá, especialmente cuando lo prohibido en realidad no lo prohíbe ni puede prohibir, porque está afuera de ello, dentro del territorio del tocador, que no es la recámara ni exactamente la calle.



El carácter del personaje sadeano se manifiesta por su modo de buscar la complicidad, más que por ejercer la persuasión, pues éste no argumenta para ganar adeptos o seguidores, sino para conseguir complicidades. Busca complicidades para su perversión, más específicamente, la sodomía, porque:



…la sodomía se manifiesta por un gesto específico de contrageneralidad, el más altamente significativo a los ojos de Sade: aquel que afecta precisamente a la ley de la propagación de la especie y que atestigua así la muerte de la especie de un individuo. No sólo de una actitud de rechazo, sino también de una agresión: al mismo tiempo que es el simulacro del acto de generación, es su escarnio. En ese sentido es igualmente simulacro de destrucción que un sujeto sueña ejercer sobre otro del mismo sexo por una transgresión mutua de sus límites. Ejercido sobre un sujeto del otro sexo, es un simulacro de metamorfosis y se acompaña siempre de una especie de fascinación mágica. Y en efecto, en tanto transgrede la especificidad orgánica de los individuos, este gesto introduce en la existencia el principio de la metamorfosis de los seres unos en otros, que tiende a reproducir la monstruosidad integral que postula la prostitución universal, última aplicación del ateísmo.



Pierre Klossowski, Sade mi prójimo.





Más específicamente todavía, aquí estaré refiriéndome en forma cómplice a los siguientes conceptos sadeanos que Klossowski nos propone para reflexionar como ejercicio transgresivo:



--Atentar contra la ley de la propagación de la especie.



--Hacer un simulacro del acto de generación.



--Un simulacro destructivo. Perversión sadeana simple.



--Un simulacro de metamorfosis. Perversión sadeana compleja, radicalmente a-teológica.



--Realizar la transgresión mutua de los límites canónicos falogocéntricos, específicamente, tal como el mismo Klossowski lo señala, a través del acto en sí de la sodomía.



Reflexionar así, desde la desviación del pensar que plantean estos conceptos, constituye un acto de voluntad voluptuosa que contiene transgresiones que afectan al (des)orden paternalista-monoteísta, por actualizar de alguna(s) manera(s) lo reconocido como antinatural, lo estrictamente prohibido. El exceso sobrenatural.



Se califica de complicidad aberrante la de los sodomitas, en forma fetiche se les piensa como una secta secreta o algo así, porque actúan contra el sentido esencial de la relación sexual, que es la reproducción material de los individuos… Se cree que son gente que se pone de acuerdo en lo oculto y oscuro, donde no tienen que verse ni hablarse, porque ya todo lo tienen acordado de antemano. Ahora bien, como el mismo Klossowski aclara, este acto aberrante tiene dos variantes, una simple y otra compleja, pues tenemos, por una parte, un simulacro destructivo, cuando se trata de sujetos del mismo sexo, y un simulacro de metamorfosis, cuando es ejercido entre sujetos de sexos diferentes y así se acompaña siempre de una especie de fascinación mágica, fetichista, que, ya aquí y ahora debemos considera como el origen o base del fetichismo (sexual, mercantil y político).



Por raro que parezca, todo esto tiene mucho que ver con el feminismo y la liberación feminista de la humanidad, pues la reflexión sadeana encaja perfectamente en el discurso feminista más transgresivo, el de la desconstrucción y olvido del binario dualista simple, la herida entre macho y hembra, y toca temas que coinciden plenamente con mi trabajo personal de reflexionar acerca de cómo transgredir de inmediato los límites impuestos por el orden simbólico falogocéntrico. Así es como he llegado a la conclusión de que mi praxis feminista más radical está justamente en atentar contra la ley de la propagación de la especie. Un trabajo psicosemiótico práctico que consiste en renunciar voluntariamente a la condición de madre/puta que significa la “realización” institucional de las mujeres como objeto sexual dentro del orden patriarcal autoritario. Trabajo de autoconciencia que me tomo muy en serio desde los veinte años, cuando me di cuenta de que mi trabajo básico como feminista radical contemporánea era y tenía que ser el de cuidar que este cuerpo mío que piensa y escribe estas ideas no se reproduzca, pues en ese gesto se construye mi poder personal para liberarme y ser de verdad diferente al cuadro impuesto, ya que así me convierto en soberana de mi propia existencia, es decir, me apodero como persona realmente libre, pues así transgredo materialmente el límite a mi libertad que significa la condición de madre/puta. Es un trabajo trascendental, pues libera de la enajenación falogocéntrica la conciencia de mi ser una persona con un cuerpo del sexo femenino.



Ojo, mucho ojo: aquí estoy hablando ahora mismo de atentar contra la ley de la propagación de la especie, pero no lo hago en contra de la propagación de la especie, que es una cosa muy distinta, que cada quien debe resolver por su propia cuenta. Hic et nunc. Hay que ver bien que, aunque muy parecidas, no remiten a la misma situación, el asunto de la “ley” es lo que a los personajes sadeanos nos interesa transgredir, y, si hay una fijación en atentar, superficialmente, contra la propagación o reproducción de la especie, ello es por considerar a-priori que no hay ninguna ley que nos tenga condenados a ceñirnos sin chistar a ella. Y si bien la pseudo-ley de que hablo cuida de una propagación real de la especie dentro de ciertos límites y reglas, no toma en cuenta que también restringe todas las demás posibilidades de relación humana, pues todo lo pone únicamente a favor del matrimonio burgués, todo lo enjaula en el esquema neurótico de la pareja monogámica paternalista autoritaria, es decir, en el sueño de amor creado por el hijo varón con respecto a la madre simbólica.



En cierto momento, para practicar la liberación feminista, la síntesis inmediata del movimiento y el pensamiento feminista radical, hay que transgredir por completo el (des)orden simbólico del patriarcado. Hay que desvirtuar y deshacer todas las identidades fijas que impone el esquema canónico, dualista, binario, escindido, inconsciente. Se necesita llevar la perversión más allá de sus límites, a fin de convertirla en virtud, en paradoja que libera, porque invita a romper las trampas de la fe y salir del engaño fetichista.



Con Klossowski y con Sade, yo también encuentro que el simulacro de metamorfosis puesto en juego con la sodomía es la transgresión que lleva al extremo la transgresión a la ley: la sodomía efectuada de tal modo es el acto contranatural por excelencia, pues es una relación estéril en sentido extremo, una relación sin sentido aparente, gratuita, por demás, absurda, es decir, un gesto en verdad exacerbado, ya que no tiene por fin la generación de la especie, sino lo contrario, su desperdicio, y por eso es un simulacro destructivo, contrario a la vida, pues no contribuye para nada a la reproducción material de los seres humanos, sino que únicamente contribuye al goce particular y sin sentido claro de quienes realizan tal acto, y por todo esto la sodomía de metamorfosis es un acto muy señalado y duramente castigado todavía… Aunque también por ello muy deseado y sobrevaluado como fetiche, como engaño aceptado para alcanzar el goce en y para sí. El simulacro de metamorfosis es calificado y penado con mayor dureza que otras perversiones sexuales, como, por ejemplo, la cada vez menos invisible condición lesbiana. Quizá su principal conflicto emerge del desperdicio de semen, pero eso se aprecia desde la condición objetual de las mujeres, del hecho de que ese semen se desperdicie de este modo en los cuerpos de las mujeres. Si en el simulacro destructivo, la sodomía entre personas del mismo sexo, se da una relación sexual entre dos cuerpos negados ontológicamente para la maternidad, en el simulacro de metamorfosis el cuerpo que tiene una doble simulación en el acto sexual es el de sexo femenino, pues está negando de hecho una supuesta esencia biológica y espiritual que ese cuerpo contiene: la condición objetual de “madre”; pero al mismo tiempo y del mismo modo este cuerpo así está negando la condición también objetual de “puta”. Quien así se encuentra no es mujer para ese acto, aunque lo sea. Porque, entonces, la mujer deviene varón, primero, y luego, en consecuencia, deviene algo más allá todavía, alguien que ni es varón ni es mujer, y que entonces quizá convenga denominar como ángel o demonio, en términos, ojo, sustancialmente a-teológicos, aunque entonces, sin duda, ya ha sido puesto en juego el concepto de monstruo y monstruosidad.



Nada más aberrante que los cuerpos femeninos que por propia voluntad se niegan a la propagación de la especie, sin que por ello renuncien a realizar el acto sexual o, quizá entonces, un simulacro de tal acto sexual, y así comienzan a practicar la sodomía como apoderamiento físico y psíquico de una identidad diferente, la realmente propia de tal perversión estéril. Lo anormal del simulacro de metamorfosis, su fuerza para desconstruir y hacer olvidar el orden simbólico del padre-autoritario, el patrón-explotador y el patriota-belicista, está en la participación en él de sujetos de diferente sexo, que, así, se masculinizan en forma extrema, más allá de los sexos, pues el simulacro destructivo, bien que mal, es aceptado y reconocido como una práctica que se puede establecer únicamente entre los cuerpos masculinos, por la derrama sin sentido de semen, ya que así son siempre cuerpos estériles entre sí, siempre ajenos a la ley de propagación de la especie, destruyéndola, porque nada más que ese simulacro de acto sexual puede pasar entre ellos, hagan lo que hagan y lo hagan como lo hagan. Allí siempre es inútil la emisión de espermatozoides fértiles. Mientras que, cuando la sodomía ocurre entre personas de diferente sexo, intencionalmente se está actuando contra la naturaleza, se está equivocando la unión de los cuerpos sexuados, ya que se está pervirtiendo en forma extrema el sexo femenino de una persona, porque intencionalmente se está realizando un exceso sobrenatural con los cuerpos así unidos, pues se derrama semen fértil en un cuerpo que puede poseer óvulos fértiles, pero que no los quiere poner en juego dentro del simulacro de acto sexual así programado.



Pensar en un personaje sadeano del sexo masculino puede ser la primera imagen que nos viene a la mente cuando pensamos en Sade. Sin embargo, sus mejores personajes literarios suelen ser del sexo contrario, tal como sucede con Juliette y Justine. En este ensayo quiero pensar en/desde un personaje sadeano del sexo femenino, uno que tiene plena conciencia del simulacro de metamorfosis y la transgresión que con tal acto contra la madre/puta natural realiza su cuerpo: monstruosidad integral, perversa polimorfía liberada. Aquí, entonces, la máquina textual expresa lo sadeano como metamorfosis extrema, un acontecimiento de comunicación análogo a la consagración de la hostia en la misa católica, ya que allí, aunque sea únicamente como deseo de fe teológica, ocurre la divinización de un objeto material, la transformación del vino y el pan en cuerpo y sangre de Cristo vivo y eterno. Que, por tanto, en la sodomía de metamorfosis de que este ensayo sadeano habla, ocurre la divinización angelical o demoníaca del sujeto de la unidad de la conciencia del cuerpo femenino que así está actuando en este otro acto ritual.


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Escrito Pieladentro por Claudia Contreras
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