C desnuda Ensayo Sadeano III - Especiales



Bienvenidos queridos complices:


Hoy les presento la tercera parte del Ensayo Sadeano escrito por mi querida  @Hermanita_

Hoy contamos con la lectura del estimado locutor y amigo Mark @instinto_mx en twitter

Me dara mucho gusto contar con sus preguntas y comentarios, no sean timidos , pregunten ya en el seis de la serie responderan tanto Hermanita como Esemendiola a sus dudas.

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Aqui el texto escrito:

III

“Todo lo que entra en el reino de Dios viene también de Dios.” Lo que quiere decir que todas las identidades son intercambiables, y que ninguna es estable de una vez para siempre. Por ello, el desatino es la forma de vestir exigida (lit. el desaliño en la ropa es la condición que exigen las conveniencias). El desaliño, en otras palabras, es la disponibilidad infinita del histrionismo divino. El desaliño representa la supresión de esta “inconveniencia”: el principio de identidad, sobre el que se basan, no sólo la ciencia y la moral, sino todo comportamiento que proviene de ellas, y, por tanto, toda comunicación a partir del discernimiento entre la realidad y lo irreal.
Pierre Klossowski, Nietzsche y el círculo vicioso.
Que todas las identidades son intercambiables y ninguna es estable de una vez para siempre resulta ser una propuesta difícil de aceptar, pues uno de los enunciados que sostienen este (des)orden simbólico falogocéntrico afirma justamente lo contrario, el egoísmo individualista compulsivo, el absurdo deseo de que el yo sea auténtico propietario personal, privado, de todas la cosas que nos da la imagen del mundo. Para el (des)orden todavía establecido, canónico, aunque ya disolviéndose de muchas maneras democráticas en muchas partes reales del mundo, haz de tener una identidad y solamente una, no dos ni tres o cuatro o las identidades que tú quieras. Estas identidades en los entes no son intercambiables, dice el orden simbólico, sólo hay una identidad para la unidad de la conciencia, de esa unidad depende el buen funcionamiento del sistema patriarcal de herencia de la propiedad privada, el (des)orden simbólico del sujeto individual autoritario, aquí y ahora para este (des)orden nadie puede pretender otra cosa para existir como sujeto individual simple. Lo demás, dicen, es pura locura. Una vez adquirida una sola identidad como yo/ego, ésta debe permanecer tan estable y fija como sea posible todo el tiempo, única, inalterable por completo en su diferencia insular absoluta, es decir: una y la misma identidad para siempre.

El registro civil es una institución encargada de la construcción y el cuidado de la permanencia de las identidades canónicas falogocéntricas, es un aparato tecnológico para el control (¿inconsciente?) del yo/ego. La identidad que trabaja y procrea, la identidad de la servidumbre voluntaria al sexo, el dinero y el espectáculo. Una vez que alguien queda registrado con estos o aquellos datos, resulta casi imposible cambiar de identidad; a menos que se invierta una cierta cantidad de tiempo y mucho dinero para poder cambiar de nombre y apellido, más aún para cambiar de sexo. Si ya eres tal como ahí dice que eres, tal como sostiene el (des)orden simbólico falogocéntrico, pues ya no puedes ser cual tú quieras, sino que serás como allí dice que eres, tu identidad real es la que te imponen y marcan las tecnologías del yo, o sea, los aparatos ideológicos del estado, el mercado y la opinión pública. Una vez que un sujeto adquiere una identidad específica y una constancia oficial lo acredita para usar esa identidad determinada y específica, entonces ese sujeto ya cuenta con una credencial o documento que certifique que sí es la persona que le dicen y dice que es, luego entonces, el sujeto ya está enajenado en la identidad que así se le ha construido; ya no bastará con que se presente en persona, ni bastará con mostrar su linda cara, ni con mostrar su huella digital para estar de verdad presente como quien se supone que es, ahora tiene que mostrar una identificación oficial que acredite su identidad y su huella digital, lo mismo que su propio rostro, para que entonces sí sea de verdad la identidad de quien dice y le dicen que es. Lo esencial, entonces, el estar ahí de la persona real, resulta invisible e indecible, impensable, ¿inconsciente? Marginado. Censurado. Silenciado. Fuera del cuadro sociocultural.

Se pretende que se adquiera una identidad única y verdadera, que no se piense que se tiene más que una actitud, más que un carácter, más que una conducta que nos defina, porque, para la herencia paterna como dominio de la propagación de la especie se necesita que nuestra identidad permanezca estable, fija, vigilable y controlable. Todo debe ser a imagen y semejanza del Dios único que no hay, de allí la infinidad de desperfectos en el resultado. Nuestra experiencia interior, en las condiciones sociales actuales, está siendo constantemente violentada por la experiencia exterior, pues esta última exige, reclama, impone que se permanezca sin cambio alguno, sin diferencia, sin ser, mientras que por dentro sabemos perfectamente que todo es cambio y transformación constante, que en nosotras todo cambia todo el tiempo, porque somos, porque estamos con vida.

Las identidades todavía nos son impuestas a la fuerza, sin discurso, con violencia, sin que se tenga claro por qué y para qué o para quién(es). Todavía nos dejamos construir, ¿inconscientemente?, por la trama trágica y tramposa del complejo de Edipo, miedo a la castración y desviación de objeto, enajenación innecesaria, in-voluntaria. El sujeto social, el ser social del estar ahí, se construye según las normas monoteístas, monopersonales de este (des)orden simbólico falogocéntrico. Es sujeto porque lo “sujetan” y “cosifican” esas normas, las leyes de la herencia patriarcal autoritaria, las leyes del egoísmo individualista posesivo, la compulsión consumista, etcétera. La primera identidad, la que se construye en torno a las acciones prácticas de la escena primera edípica, la identidad que define todo en este devenir social, es la identidad oficial que se nos impone a partir del registro del sexo del nuevo ser, que así nace a este mundo capitalista con una identidad de género impuesta desde antes de que construya la unidad de la conciencia, una identidad que impone una conducta, un ideal, algo imposible de cumplir y que por eso causa dolor y neurosis, y por eso enajena para el (des)orden del mercado, el estado y la opinión pública. Así se le marca al sujeto una identidad a la fuerza, una jaula, una trama, un marco y su cuadro, uno, solo uno, la soledad inaudita, la neurosis egoísta compulsiva. De ahí en adelante, todos los detalles que forman una identidad personal canónica, estereotipada, serán elegidos de acuerdo a tal marca inicial inconsciente, traumática, engañosa y engañante, que todo lo organiza y escinde de acuerdo al binario de lo masculino y lo femenino, lo macho y lo hembra, lo varón y lo mujer, lo heterosexual y lo homosexual, lo viril y lo femenil, y así sucesivamente, siempre organizando y escindiendo en lo singular masculino universal, es decir, en la trampa psicosemiótica del macho patriarcal autoritario. Sin dejar que ocurra como conciencia real todo lo demás que puede estar ocurriendo de otra manera.

Nada más erróneo que tal confusión de identidad(es). Hay muchas personas que no acatan esa evaluación. Simple, tal es el caso de los homosexuales y las lesbianas, que no se mantienen dentro de los límites de identidad normal instituida que les fue otorgada desde que se supo de qué sexo eran, ahora, muchas veces, desde antes de que nazcan. Y como no se comportan como estaba bioprogramado, causan muchos conflictos a la identidad escindida del sujeto egoísta patriarcal, tanto en la experiencia interior del individuo como en la experiencia exterior de la sociedad. Sin embargo, se acepta y se reconoce que hay casos en que la identidad puede ser falsificada, disfrazada, enmascarada, transformada, operada y, bueno, entonces se acepta en los hechos que la identidad puede cambiar y estar cambiando, que no toda identidad tiene que ser única e invariable, sino que hay identidades que cambian, identidades variables, distintas. Incluso se acepta que esos cambios son correctos para adecuar la conciencia al cuerpo de la persona así cambiando de identidad, reconociendo así mismo que hay inadecuaciones y equívocos en la asignación de identidad antes del nacimiento, y todos esos conflictos que trae consigo la sombra del nombre del padre en la marca de la letra de identidad personal concreta. Dentro del orden ya está su desorden, por eso es (des)orden falogocéntrico, porque nunca ha podido ni podrá cumplir lo que se promete como norma, porque siempre hay anormalidad y diferencia, cosa que las deja suponer como necesarias para la buena sociedad, y entonces… ¡Ay sorpresa! El desorden predomina, pues siempre se impone la necesidad de que la persona permanezca estable, enmarcada, encerrada, para que no se le siga causando conflictos de duda a la personalidad imposible del Uno-Macho In-dual Patriarcalista Autoritario.

Siendo menos extremistas, en el trato social como convivencia pacífica deseada todo el tiempo, aún en los casos de ruptura, la afirmación real de la identidad de alguien la aportan sus credenciales y documentos oficiales, de allí emerge la verdad sobre el sujeto real contemporáneo, tanto en lo que refiere al sexo como a la economía-política y las comunicaciones públicas y privadas, todo lo determina lo externo al sujeto, la identidad individual simple es producto del entorno social, la circunstancia, la imagen del mundo imperante como arquetipo canónico, construida idealmente por los aparatos de control del yo/ego – dispositivos donde la religión y la familia únicamente son ya segmentos parciales, sin centro. Total, la identidad, toda identidad, es una construcción sociocultural, una maquinación civilizadora. Algo que siempre se puede hacer cambiar para que sea mejor todavía, diferente todavía.

La intimidad. El más allá del sujeto y el estar ahí. Donde se funda lo auténtico, la verdad de la persona. Nos es ajena de inmediato, la tenemos denegada, prohibida, interdicta, rechazada, generalmente. Pero es la verdad que emerge en los momentos donde se nos dice que así no éramos, que somos diferentes, que nos estamos contradiciendo, y todo eso. La alegría de escuchar que otra vez se nos dice: “¡Cómo has cambiado!” Prueba de que estamos en movimiento. Contra la desdicha que nos causa escuchar que se nos diga el trágico: “¡Estás igualita a como te vi la última vez!” Manifestación expresa de parálisis y rigidez mortuoria.

Por eso, para hablar de la intimidad, hay que desviar el discurso, hay que salir de las normas discursivas. Hay que pervertir el discurso con libertinajes. Hay que desaliñar el discurso canónico, el discurso gramatical perfecto, que, según parece, es justo el Logos virtuoso del Uno-Macho In-dual. La trampa del singular masculino universal, cautivante, engañoso, dialéctico, enajenante.

Hay que pervertir, seguir pervirtiendo… por ejemplo, como Nietzsche, la indumentaria, hay que pervertirla con el desaliño, hay que cometer desatinos al vestir. Por ejemplo.

La manera de vestir también aporta su granito de arena para acabar de confundir por completo esto de las identidades. La vestimenta personal en otros tiempos era toda una marca para identificar realidades sociales fijas, invariables, aristocráticas, ahora, en estos tiempos postmodernos, parecería que ocurre lo mismo y nada más. Pero no, la actual sociedad del espectáculo ha creado una situación en verdad fuera de serie, la moda, lo que hoy se vive como pura moda y resulta aún imposible de entender en términos meramente lógicos y objetivos, ya que la moda de la época de la reproducción técnica de la imagen de la obra de arte está cargada en extremo de fetichismo, esa rara extrañeza que parece tan normal y tan si nada, como todo lo del espectáculo. Pero esto de querer identificar eso, lo propio del vestir para las identidades estereotípicas puede crear confusiones interesantes, al tratar de aplicar el modelo binario propio de la pareja heterosexual monogámica, donde si traes falta te tratan de una manera y si traes pantalones te tratan de otra manera. Si eres una persona desaliñada ya eso no vale, ni tiene sentido, se confunde, se complica, cambia el sentido, transforma las identidades, las hace raras, aunque predomine la masculinización. Pero entonces resulta que el territorio de la vestimenta también es un territorio de lo político, una zona donde se expresa en forma real la psicosemiótica contemporánea, postmoderna, un código de debate y consenso sobre el ser social, una cuestión radicalmente cosmopolita, arte y espectáculo, resistencia libertaria y mercado despiadado. Todo es político, todo expresa un deseo de sociedad, lo mismo si eres desaliñado o si no, si tienes cuidado por tu persona o si no, tu identidad es parte del ejercicio público y privado de tus libertades democráticas, las que legitiman y activan los derechos humanos. Tu(s) identidad(es) se ve(n) en la ropa y el arreglo personal, muchas veces con mayor claridad que en tu discurso razonado y mejor que en tus identificaciones oficiales, entonces, también tus más secretos y perversos deseos se expresan de algún modo a través de la simbólica de tu vestimenta, algo que te saca de todo estereotipo, lo mismo que de todo arquetipo, para dejarte escenificando en verdad quien tú crees que eres.

En el capítulo IV de El Principito de Antoine de Saint-Exupery encuentro una simpática alegoría sobre todo esto de la ropa y las identidades, y el trato social que obtiene de todo ello. Allí, el narrador intradiegético nos cuenta cómo el asteroide donde vive el Principito, o sea, el asteroide B 612, fue descubierto en 1909 por un astrólogo turco que, al dar a conocer su descubrimiento ante la comunidad científica universal, nadie le creyó por su rara indumentaria oriental, pues para el mundo occidental, que se cree y quiere universal, no hay nada más inexplicable, raro y extraño que lo oriental, que resulta ser todo lo que no sea occidental. Entonces, para ser creído por la comunidad científica, este científico turco vuelve a presentar su descubrimiento, pero ahora lo hace vestido a la europea, es decir con un esmoquin blanco, así vuelve a presentar su descubrimiento del asteroide B 612. Y ahora sí le hacen caso sus colegas, pues ya no representa la extrañeza salvaje de oriente y de todo lo que no sea el mundo a la europea, identidad otra que está fuertemente marcada entre la mayor parte de los habitantes del planeta tierra. Así se puede entender que todo aquello que no corresponde a la moda europea o a la europea, es desaliño. El no estar a la moda occidental de la sociedad del espectáculo es desaliño manifiesto, resistencia, rebelión contra Occidente como individualismo posesivo. Vestirse como esté cómoda la identidad de cada quien en el cuerpo de cada quien es desaliño.

El desaliño representa la supresión del principio de identidad sobre el que se basan no sólo la ciencia y la moral, sino todo comportamiento, y, por tanto, toda comunicación posible a partir del discernimiento entre la realidad y lo irreal. Una persona tiene problemas con su personalidad canónica cuando es desaliñada (galocha), pues su identidad está representando así un comportamiento alterado, al incidir en la realidad canónica con un comportamiento irreal, equívoco, desacorde con el ser social de la moda como espectáculo. El desaliño es parte de esa monstruosidad integral que practica el simulacro de metamorfosis sodomita, pues el desaliño es la disponibilidad infinita al histrionismo divino, es dejarse ser lo que dicten las infinitas identidades que se habitan como persona. Dejar de ser mero personaje pasivo, para devenir autor-personaje divino, activo, anormal, transgresivo. Es decir, la perversa polimorfía. Ser diferente, ser sagrado.

Parte de este encierro, que significa buscar sostener una identidad fija, es para que los seres humanos estén en contra de ese histrionismo divino, porque su praxis, tal como insinúa la metáfora del final del capítulo 3 del libro del Génesis en la Biblia, es una praxis que nos libera para siempre y legítimamente del Dios Uno-Macho In-dual, pues nos deja ver que todos los seres humanos sí somos dioses, y que no hay mejores dioses que los que sí hay, nuestras sagradas presencias. No entender la necesidad de disolver el encierro falogocéntrico en la identidad fija (yo/ego) fundada (sin discurso) en el singular neutro universal masculino, significa quedar encerradas en la fijeza neurótica de los celos y suspicacias que contrae el uso de una identidad egoísta, propietaria privada de un yo/ego como única identidad o construcción simbólica, más que nada verbal todavía, que ocupa (¿inconsciente?) la intimidad personal, esa idea monológica y monologante, ese soliloquio compulsivo, esa tram(p)a pronomial con que se nos distrae de esa intimidad. Y no hay peor desaliño que el de la total desnudez humana, esa situación que más científicamente, quizá, deberíamos nombrar y situar como “encueramiento”, algo distinto y contrario a la desnudez del campo nudista y de la clínica médica, pero también distinto y contrario al desnudo artístico. La desnudez.

En esta sociedad, el cuerpo no tiene ningún valor propio. Hay que pagar para entrar y salir de este mundo. Nadie nos paga por eso. Nuestro cuerpo en realidad no es nada nuestro, nos es esencialmente ajeno, tanto en lo mercantil, como en lo estatal y lo público/privado. Por ello, manifestarlo como cuerpo viviente es un escándalo.

Todo el cuerpo, vuelto ajeno para el sujeto, se convierte en un símbolo, un concepto, una idea, es decir un no-cuerpo. Es contradicción pura, permanente. Por eso lo identificamos vistiéndolo, enmascarándolo, disfrazándolo. No es suficiente un cuerpo para identificarnos y ser, el propio cuerpo, para identificarse, necesita pensarse desde y para el no-cuerpo, el concepto, la razón. La identificación de un cuerpo la fija el contexto que imponen el registro civil y las otras instituciones que producen la actual sociedad civil, una figura política todavía en situación de servidumbre (in)voluntaria respecto al sexo, el dinero y la política de la sociedad realmente gobernante: mercado, estado y opinión pública. De ahí que la desnudez sea tan poco aceptada “socialmente” hoy día, pues se cree que una vez que estemos desnudos nos des-identificaremos, nos confundiremos, no sabremos reconocer nuestros límites de identidad única fija… Se pierde la apariencia social instituida, visible, quedando manifiesta únicamente la intimidad de esa desnudez como símbolo social que lo dice y calla todo a la vez, para establecer desde ahí una comunicación capaz de interrelacionar de verdad nuestras personas. Digamos que esto de la identidad comenzó con ese cuento de la dichosa hojita dizque de parra que se encargó de cubrir y resaltar las partes del cuerpo que desde entonces quedaron excluidas de la mirada, únicamente de la mirada, pues los otros sentidos las perciben de modo sinestésico-metafórico, pero resulta que con ese mismo trabajo sinestésico los demás sentidos se han aliado en forma sinergética a la mirada y “no ven” ni perciben lo que está oculto a la mirada, lo pierden siempre en ese sentido, confundiéndolo siempre con ese oscuro objeto del deseo, lo siniestro, lo surreal. Y así los sentidos se pierden a sí mismos como sentidos. Lo que la mirada no ve, los demás sentidos se lo niegan por palabra, con el juego del signo y los signos, por contrato psicosemiótico escindido, hasta que, en definitiva, se deniegan a sí mismos por completo, convirtiéndose en palabras sin mirada, no oliendo, no tocando, no degustando, no escuchando, no sintiendo nada que no pase, primerísimo y principalmente, por el juicio crítico y severo de la mirada que se enajena sin darse cuenta en las palabras… El Ojo de Dios, mirada de un padre severo, individualista posesivo, neurótico obsesivo, propietario privado, celoso y suspicaz, inseguro y violento, por haber dotado de mirada a su creación, que lo mira y de algún modo conoce a través de esa misma creación y sus detalles, la historia sagrada de la creación, su creación imposible, pero deseable, pues la mirada es parte de ese histrionismo divino con que los seres humanos contamos para comunicarnos, más que naturaleza, más que teología, más que ciencia y moral. Sólo que esta mirada divina es una mirada hoy día sólo de varón, que todo lo juzga, en forma injusta, que todo lo castiga, en forma errónea, por la ley de la conservación de la herencia como propiedad privada del patriarca, siempre del patriarca, sólo del patriarca, porque todo lo quiere a su gusto, sin conciencia del estar ahí de la demás gente. Algo que ya se disuelve en la nada, afuera de la historia presente. Una mirada que, sin embargo, disolviéndose en nada, todavía reprime en forma directa, edípica, el flujo libre de identidades democráticas realmente posibles, es flujo sociocultural que nos convoca este histrionismo divino del ser en verdad las divinidades reales, posibles, presentes, que nos otorga la conciencia de las palabras, la conciencia que las desordena y libera, desaliñada, encuerada, siniestra, desnuda.

¿Todo comienza con la famosa hojita de higuera del Génesis? Con esa metáfora hebrea del “imposible” complejo de Edipo psicoanalítico freudolacaneano. Imposible. Pero así parece que es en apariencia, y por eso hay que avanzar en sentido contrario, perverso. El histrionismo divino, nuestra sacralidad real, objetiva, como entes que se comunican por auto-poiesis directa, hoy día es una condición de existencia que queda oculta tras de la máscara de la identidad única y fija, porque, quien no porte esa máscara ilusoria, sin sentido real, es alguien desaliñado, sucio, incompleto, cochino… palabras que tienen fuertes resonancias en esta otra, más rara y barroca: galocho… una rara palabra que desde el diccionario patriarcal explica, exactamente, por qué el desaliño no está bien visto por la gente enajenante del ser de las mujeres, pues alguien galocho, una persona galocha, es alguien de vida disoluta y disipada, alguien excéntrico, fuera de contexto, como un libertino. Es decir, quien es desaliñado en su aspecto externo, también es desaliñado en las costumbres y estas malas costumbres que practica son la disolución y la disipación del orden simbólico falogocéntrico… dilapida la herencia paterna, sin sentido y sin arrepentimiento. Porque sí. Con programa. Por eso, la norma dicta: nada de desaliños, nada de suciedades, nada de irregularidades, nada de querer salir de la costumbre, todos muy bien vestidos y portaditos, todos pobrecitos pero limpios, con su ropita bien planchadita, con su hojita de parra en la mente para que no vean que esa mirada divina monoteísta, represiva, egoísta, patriarcal, es injusta e inequitativa, por egoísta, porque niega la divinidad a los seres humanos, ese histrionismo divino, lo que se niega por la permanencia neurótica en la identidad fija y estable, inmutable ante el tiempo.



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Escrito Pieladentro por Claudia Contreras
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