Martes de literatura. Gerardo Cardenas






Presentamos la poesía del poeta, narrador y periodista Gerardo Cárdenas (Ciudad de México, 1962). Desde 1998 radica en Chicago donde dirige la revista cultural Contratiempo.  En 2011 publicó el libro de relatos A veces llovía en Chicago (Libros Magenta/Ediciones Vocesueltas). Su poemario En el país del silencio está previsto para publicación este 2013.


  En el país del silencio


En el país del silencio son los vivos quienes callan.
Los muertos se desmoronan a gritos.
Son los vivos quienes se ocultan en las fosas;
Los muertos deambulan por los juzgados.
Son los vivos quienes no dan razón de su paradero;
los muertos clavan sus retratos en postes de luz
o en los árboles donde los crucificaron.
Son los vivos quienes miran a otro lado
mientras los muertos posan para los fotógrafos.

Los muertos se miran las manos unos a otros,
besan los estigmas que dejaron las balas,
lavan los sudarios de otros muertos.
Los vivos los dejan pasar,
no sea que hagan preguntas
que levanten denuncias
que hurguen entre las piedras,
esas piedras que los vivos enseñaron a callar
a olvidar los nombres de los muertos
a echarles la culpa de todos los males.
En el país del silencio las armas son mudas:
mudos los cuernos de chivo
mudos los rifles de asalto
mudas las escuadras
y las metralletas uzi.
Son las balas las que gritan bañadas en sangre;
es el crujir de los huesos lo que rasga la penumbra.

En el país del silencio nadie dice misas por los muertos
porque los vivos nunca salen de los templos.
En el país del silencio los muertos no tienen perdón
porque los vivos jamás confiesan sus culpas;
frente al confesionario apenas susurran
palabras incomprensibles
y los absuelven a cuenta de su buena voluntad
de vivos creyentes y piadosos
no como esos incansables muertos
apóstatas irreverentes
que se creen merecedores de justicia.

En el país del silencio los muertos miran al cielo
porque esperan una señal
que ni ellos mismos entienden.
Son los vivos quieren miran al infierno
y sonríen.


Variaciones a un poema de Maiakovsky

                                                                  A Teresa Jiménez

Tanto asusta a Dios la oscuridad
que creó la luz para dormir con una lámpara encendida.
Tanto le aterra su propia figura
que ha prohibido los espejos
y ordenado la destrucción de su sombra.
Tanto le teme al tiempo
que se desgaja,
renace a la vuelta de cada segundo,
ha decretado la inexistencia del presente
para que todo pasado se deshilvane en su memoria
y todo futuro emane de su angustia.
Tal fue el miedo que sintió tras crear al hombre
que le rompió el alma en pedazos
para que pasara el resto del tiempo
rearmándola trozo a trozo.
Tan terrible fue el presagio de su fin
que Dios arrojó a la criatura de su lado,
le dio mujer
le susurró los secretos del mal
le puso armas en las manos
le esculpió culpas con letras de sangre
en la frente, en los pies, en la entrepierna
y luego se ocultó en la cima del monte
desde donde, a veces,
le hace llegar una escalera
algunas lápidas
o dos maderos.
Todo esto lo confesó Dios asustado
a los hombres
que escribían los 66 libros,
pero tan pronto ellos desviaron la mirada,
su aliento conjuró una tormenta
para desordenar las páginas
y así nunca más tuvieran sentido.



Sursum corda

                                                                                  A mi madre

I

De pronto el latido,
sacudida intermitente que no rebasa al tiempo,
se desdibuja en un monitor gris
traza dolores, vaticina el final.
Válvulas: se abren y cierran
como manos que se buscan
se rozan sin saberlo
en un laberinto sin luz,
bajo un torrente de sangre que circula en cada uno de tus días
hasta que se asiente y ennegrezca
cuando tus ojos se pierdan
cuando tu mano ya no se aferre a la mía
ni tus pies busquen inciertos el trazado del piso.
Válvulas que se abandonan a sístoles
a relojes que se atrasan,
se van quedando mudos
se agotan
en su abrir
y cerrar de puertas.




II

Esa sangre es mi sangre,
ese bombeo acunó mi ensueño.
Días idénticos
a noches
en una bolsa de agua,
unidos por un hilo rojo que adelgaza sin romperse,
creciendo al galope
de puertas que se abren
de la sangre que se entrega
de glóbulos y plaquetas.
Perdido entre tus poros
carne tuya que se desprende,
viaja hacia la luz
pero volvería a la penumbra húmeda,
al silencio sin peso
cobijado por el retumbar del pecho
cántico ingrávido
caliente
primigenio.
Aún late la historia escrita en mis venas
como espejo de vasos y arterias,
réplica que circula por mis miembros,
torrente que adelgaza, que poco a poco se calla.




III

Escucho tu respiración pausada
(aspiras con fuerza).
Una sombra se revela en la pantalla
sucesión de aristas y valles
zonas negras
(acaso revelan microscópicas muertes)
imperceptibles y momentáneas despedidas
interrupciones de la luz
en espiral que agranda el miedo:
levedad del tiempo
gráfica del descenso
cuenta regresiva
sístoles de contracción eterna
que recircula la vida.
Débiles, imperceptibles diástoles
apenas audibles,
noches que se deslizan,
insospechado amanecer.
Tu latido acalla mi angustia
la inquietud y la sorpresa de la visión imprevista;
corazón que regresa lento
a tu final
a mi huérfana
soledad.






Wells Street Bridge

La mirada perdida
vuelta hacia adentro

huyendo de la tuya.

No queda más huella en el asfalto
que el recuerdo de mi hambre.
El viento sacude al puente
el puente se hunde en el río
el río se traga mi cansancio
y con él a dos amantes
fotografiados en el momento
entre el grito
y el olvido.
Sus restos hinchados flotan silenciosos
pringados de luz
hasta desmoronarse en los ruidos del amanecer.
Hastiado, piso la colilla del cigarro,
recojo los restos que desechó la autopsia
y vuelvo al despacho.







Al límite

                                                                       A Diana Azcona

Cruzo a pie la frontera sin más equipaje
que la caja en la que guardo mis silencios.

Recorro un largo túnel blanco:
las paredes retroceden a mi paso.
Al final
me espera un guardia solitario y dormido.

Deposito mi caja en el suelo,
mis silencios aprovechan y escapan.
El guardia abre un ojo
me mira compasivo
murmura una antigua plegaria
se vuelve bruma.

Al otro lado de la raya
un gato
se relame los bigotes
y se traga mi último silencio.





Telón

Un hombre en un escenario
solo
iluminado por un reflector.

Su blanca camisa se pliega
cuando lee los nombres de los muertos.

Atrás el telón se agita
gime
pero su lamento se ahoga.

El hombre retira con las uñas
una brizna de polvo
que altera su perfecto pantalón negro
y lee los nombres
de más muertos.

Tras el telón
todos los muertos
esperan la señal
para salir y hacer la caravana
ante el vacío auditorio.



Rastro en la nieve

Esa pausa inicial al amainar la nieve,
esa plegaria de voces suspendidas,
de cantos diminutos que trepan
por las venas erizadas de los árboles.

Inciertas huellas, titubeantes;
un pie rezagado de sopor
y el otro enamorado del abismo.
No llegan lejos:
se pierden y no fueron nunca
se ahogan
cautivas del viento que las desdibuja.


Céntimo

Este leve y engañoso contorno,
esta bronceada geografía
que es baño de oropel
que no es oro ni cobre,
es acero, níquel y una capa de pintura,
está en mi mano
y no en parte alguna;
es aire y futura herrumbre, es prófuga del fuego,
es una especie extinta, y sin embargo se cuela
de mano en mano, a través de fronteras.

Es un pensamiento que cruzó el lago, infiltrado entre bosques
es un error,
una picardía,
un mal cálculo,
un miope episodio.
Es dos hojas de arce entrecruzadas, dos manos ansiosas,
como plegaria abierta al mundo.

Es una vieja reina que languidece sin voz, irrelevante,
en una tierra que no es suya;
es una fecha inexplorada.

Es un hito para el olvido, un tajo de aire;
es carne de cañón,
es un esclavo,
es parte de una masa
pero se proclama única;
es un grito en lengua franca, en algo que suena a un idioma conocido,
pero es una palabra que ya no se usa, un acento disfrazado,
una esquiva apariencia:
es una inmigrante ilegal que se coló por Windsor,
por la Sonda de Puget,
el túnel de St. Claire
o el Ambassadors Bridge,
que se arrastró para huir de la mirada de guardias armados
en Three Nations Crossing o Thousand Isles.

Es casi transparente pero me hace andar lento, me arrastra,
es tan ajena a todo como yo, yo como ella;
los dos hablamos un idioma incomprensible,
los dos huéspedes incómodos, acaso malolientes,
dignos de conmiseración y olvido,
rodando por calles ajenas,
del mismo metal falso y maleable;
los dos implorando a dioses muertos,
congelados en permanente perfil, rodando cuesta abajo.
Pieza de cambio para un trueque de almas, impuesto de la asfixia,
tan tenue que podría doblarla con los dedos
y de todos modos se incrusta en mi palma;
tan reacia a morir como yo,
para relatar su verso inane,
su complaciente profecía.

Se me escapa entre los dedos,
como si buscara un resquicio,
como si la esperase la sombra
para fundirse en el olvido
hasta que alguien la encuentre en cien años y la corone de historia.






Diminuta

Hoy vi a una mujer mínima
que se ahogaba en sus botas
más ligera que una bienaventuranza,
de escamas rosadas
tenue
como pidiéndole perdón a los mosquitos
aterida
esperando ser pintada por Murillo o
Rubens.
No supe bien dónde hincarle el diente,
no encontré arteria
sólo le robé un ojo
para que no extraviase el camino
ni se la tragasen los matorrales.


Datos vitales
Gerardo Cárdenas (Ciudad de México, 1962) es escritor y periodista cultural. Ha vivido en Estados Unidos, España y Bélgica. Radica en Chicago desde 1998. Es director de la revista cultural contratiempo. Artículos, cuentos y poemas suyos han sido publicados en medios impresos y electrónicos de México, Estados Unidos, España, Venezuela, y la República Dominicana, incluyendo Mandorla, Revista Ombligo, contratiempo, El Sol de México, Peregrino y sus Letras, Hojas Sueltas y mediaisla, y ha sido incluido en las antologías poéticas Poesía para el fin del mundo (Kodama Cartonera, Tijuana, 2012), Palabras entre el centeno (CEP, Madrid, 2012), y Rapsodia de los Sentidos (DePaul University/contratiempo, Chicago, 2013); y en las antologías de relatos El libro de los monstruos  (Bubok, Madrid, 2012), Los cuerpos del deseo: cuentos eróticos (NeoClubPress, Miami, 2012) y Bajo los adoquines está la calle (Taller de Escritura Creativa Enrique Páez, Madrid, 1998). En 2011 publicó su primer libro de relatos A veces llovía en Chicago (Libros Magenta/Ediciones Vocesueltas). Su poemario En el país del silencio está previsto para publicación en 2013. Actualmente trabaja en una novela. Es autor del blog semanal En la Ciudad de los Vientos.


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